PANDAS e infección estreptocócica

El acrónimo PANDAS (Pediatric Autoinmune Neuropsychiatric Disorders Associated with Streptococcal Infections) se ha utilizado para describir casos de tics crónicos (incluyendo trastorno de Tourette) y/o trastorno obsesivo compulsivo (TOC) supuestamente relacionados con una infección previa por estreptococo beta-hemolítico del grupo A (EGA). Se ha postulado que, de modo similar a como ocurre en la corea de Sydenham, se trataría de un trastorno autoinmune. Una infección por EGA en un huésped susceptible daría lugar a la formación de anticuerpos con reacción cruzada frente a ciertos componentes celulares de los ganglios basales.

En apoyo de esta hipótesis, se ha informado de la presencia de anticuerpos circulantes anti-ganglios basales y una mayor presencia de un marcador de la superficie de las células B que se asocia con la fiebre reumática en pacientes con trastornos neuropsiquiátricos supuestamente postestreptocócicos.

En 1998, Swedo, et al describieron una serie de 50 casos que cumplían los siguientes cinco criterios: a) presencia de TOC y/o tics; b) comienzo entre los tres años de edad y la pubertad; c) inicio brusco de los síntomas con marcadas exacerbaciones y remisiones; d) el inicio de los síntomas o las exacerbaciones se relacionan con infecciones por EGA (confirmadas mediante cultivo o elevación de los títulos de anticuerpos antiestreptocócicos); y e) asociación con anomalías neurológicas (hiperactividad, tics o movimientos coreiformes).

Esta definición ha sido la empleada habitualmente para diagnosticar a los pacientes con PANDAS, pero plantea varios problemas. En primer lugar, las exacerbaciones y remisiones son frecuentes en pacientes con estos trastornos. En segundo lugar, las infecciones estreptocócicas son muy frecuentes y los anticuerpos antiestreptocócicos pueden permanecer elevados durante meses tras la infección, de modo que el hallazgo de signos de infección previa por SGA no es una prueba inequívoca de la relación de un trastorno determinado con dicha infección.

No obstante, si existe alguna asociación entre la infección por EGA y los tics y el TOC, los estudios epidemiológicos deberían ser capaces de demostrarlo. En esta línea, dos estudios poblacionales de casos y controles han encontrado una asociación entre la infección por SGA y la aparición de síntomas neuropsiquiátricos. En el primero de ellos, un 15% de los pacientes con un diagnóstico de tics, TOC o trastorno de Tourette tenían antecedentes de infección por EGA en comparación con un 9% de los controles (odds ratio [OR]: 1,54). En el otro, un 8% de los casos habían sufrido previamente una infección por EGA frente a un 4% de los controles (OR: 2,2). No obstante, como puede verse, la asociación es bastante modesta en ambos casos.

También se han realizado varios estudios de cohortes prospectivos para determinar la frecuencia de la aparición de trastornos neuropsiquiátricos en niños con cultivos de exudado faríngeo positivos para EGA en comparación con aquellos con cultivos negativos. En uno de ellos se encontró una asociación con la aparición de trastornos del comportamiento y movimientos coreiformes leves, pero no con la aparición de tics. En el otro no se encontró ninguna asociación. No obstante, en ambos casos los niños con cultivos positivos fueron tratados con antibióticos, lo que podría haber condicionado su evolución.

Otro estudio de cohortes prospectivo comparó pacientes con tics y/o TOC que cumplían criterios de PANDAS con pacientes con estos trastornos sin evidencia de infección previa por EGA. Se siguió a los pacientes durante más de 24 meses, se efectuaron cultivos de exudado faríngeo cada 4 semanas y títulos de ASLO y anti-DNA asa B cada 12 semanas, así como en cada exacerbación. En los pacientes con PANDAS, tan sólo el 8% de las exacerbaciones pudieron ser relacionadas con infecciones por SGA. En el grupo de pacientes no-PANDAS ninguna exacerbación se relacionó con una infección por EGA. Es decir, la infección por EGA podría actuar como factor precipitante en algunos pacientes susceptibles, pero la mayoría de las exacerbaciones no tienen relación con la infección por EGA. Este estudio confirma además la impresión clínica de que los tics o TOC ordinarios también se caracterizan por un curso clínico con exacerbaciones y remisiones.

En el presente número de Evidencias en Pediatría se comenta el estudio de Schrag, et al. Aunque con algunas limitaciones metodológicas, este estudio de casos y controles bien diseñado, de emplazamiento poblacional, no muestra ningún aumento del riesgo de infección previa por EGA en pacientes diagnosticados de tics o TOC.

En resumen, aunque algunos estudios muestran cierta asociación entre la infección por EGA y los tics y el TOC, no hay pruebas sólidas de que éste sea un factor etiológico importante en los pacientes con estos trastornos. En consecuencia, no está justificada la realización de frotis faríngeos o anticuerpos antiestreptocócicos, ni el empleo de profilaxis antibiótica en estos pacientes.

Fuente: Ramos Lizana J. PANDAS: espejismo o realidad. Evid Pediatr. 2010;6:2.

El riesgo de autismo aumenta proporcionalmente con la edad de la madre

autismoCientíficos de la University of California, de Davis (Estados Unidos), han descubierto que el riesgo de autismo aumenta proporcionalmente con la edad de la madre, de modo que es mayor en aquellos hijos cuyas madres han dado a luz con más de 40 años, según los resultados de una investigación que aparecen publicados en la revista “Austism Research”.

Para ello, los investigadores analizaron los nacimientos del estado californiano durante la década de los 90, incluyendo registros de 4,9 millones de nuevos bebés entre los que se diagnosticaron 12.159 casos de autismo. Tras analizar la edad de las madres en el momento de dar a luz, comprobaron que el riesgo de que el niño presentase autismo aumentaba un 18% por cada cinco años de diferencia en la edad de la madre.

De este modo, explicó la Dra. Janie Shelton, autora del estudio, el riesgo de una mujer de 40 años es casi un 50% mayor que el de una mujer de 25 a 29 años. Aunque no se conocen las causas de este trastorno, se cree que el desarrollo anormal del cerebro del feto es un factor fundamental en la conducta de estas personas.

Además, este estudio “pone en duda” teorías relacionadas con este trastorno que relacionaban la edad del padre a un mayor riesgo de autismo, indicó la Dra. Shelton. Según su investigación, la edad del padre sólo conlleva un riesgo si la madre es mucho más joven.

“Entre las madres de más de 30 años, la edad del padre no parece tener un impacto en el riesgo de la enfermedad. Sólo contribuye a un aumento en el riesgo cuando el padre es mayor y la madre es menor de 30 años”, aseguró.

Los investigadores no saben con exactitud cuál es la razón del vínculo entre la edad materna y el riesgo de un niño con autismo, pero creen que podría deberse a los niveles de ciertos anticuerpos en el feto.

De hecho, la Dra. Shelton y su equipo realizaron otro estudio en 2008 que concluyó que algunas madres de niños con autismo tienen anticuerpos contra una proteína cerebral del feto, que las madres de otros niños no tienen. Además, la edad avanzada ha sido asociada con un aumento en la producción de estos anticuerpos.

Por ello, el objetivo actual es realizar más investigaciones para saber cuáles son los factores que contribuyen al vínculo entre la edad de los padres y el riesgo de autismo, ya que puede ser “crucial” para entender las causas biológicas de esta enfermedad